Me dirigía apresuradamente, cortando caminos como si quisiera ganarle al tiempo. Al doblar la última esquina me choqué con ella, la vieja y sabia gitana, Doña Esmeralda. Su cabello peinado completamente gris y su diente de oro brillaba más que cualquier otro día. Ante la sorpresa reí nerviosa y ella con sus ojos profundos, atravesó por entero mi sentir. Con su voz ronca me dijo: -- - - Morocha, ¿de qué estás huyendo?
-De nada Esmerarla, juro que de nada.
-Ven siéntate con esta vieja..
Nos quedamos en los escalones de la veterinaria, sentadas sin decir palabras, entonces ella preguntó:
-¿Qué ves en la gente que pasa?
-Personas, vidas, historias …
-Mira con los ojos cerrados morocha, mira que tú sabes
En ése instante todo se volvió confuso, mi latido se aceleró y mis manos transpiraron. Vi a las personas, caminar con heridas, algunas muy profundas en distintas partes del cuerpo, me impresionaron aquellas que están en el corazón, parecieran que sangran permanentemente, ni hablar de las que están en la cabeza, se mueven como si tuvieran vidas propias. Me angustié y dije ¿cuáles serán las mías?, ¿alguien podrá verlas?...
-Todos estamos heridos algunos más, otros menos, inclusive algunos las transforman en causas nobles, otros las ocultan, las pintan, y otros van al fondo hasta encontrar la raíz. Morocha, vos mejor que nadie sabés. A veces somos como un aljibe con agua envenenada.
-Un aljibe con agua envenenada…Me quedé pensando en esa expresión.
Al levantarse me dijo:
-Si él es eso, un aljibe con agua envenenada ¿beberías de esa agua?
-¿Y si soy yo esa agua?
-Quizás sean el antídoto, el uno para el otro, pero eso mi muchacha sólo el destino lo dispone.
Me dio una bendición de esas que suele desparramar a veces y con un soplo me dijo: Ten siempre a mano un par de zapatillas nuevas …
AVG

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