sábado, 17 de diciembre de 2022

Carta en el aire

 


Hace un buen tiempo que no volvía a la estación de tren. Será porque la última vez que estuve, fue la última vez que te vi. Me senté en un banco de color verde despintado y saqué el libro que suele acompañarme y pude imaginarme en otro tiempo. Los sonidos han cambiado, el tren ya no es el mismo y las historias de amor ya no quedan suspendidas en los andenes. Tampoco existen esos besos apretados entre el dolor y el amor. Ya no se agitan pañuelos y nadie baja corriendo a colgarse en el cuello del que espera y se funden en un abrazo. El día está gris y una nube de melancolía me está rodeando. Recuerdo tu mirar al alejarte y el dolor se sitúa en el tiempo pasado. Todo ha cambiado. No soy la misma, una gran cuota de razón gobierna mis días y mi sonrisa ha perdido el brillo e incluso durante mis jornadas creo que solamente funciono. La familia está bien, las niñas crecen aceleradamente y verlas a diario hace que mi corazón no deje de latir. He invertido mi energía ya no es hacia dentro sino hacia fuera. Cada ocasión es una excusa para sostenerme. Debo confesarte que no creo en el amor de novela, aunque de vez en cuando me gusta volver a encontrarme con algunos capítulos de aquellas tiras que me acompañaron durante mi infancia y parte de la adolescencia. En la estación de tren, se ven perros hambrientos, los pasajeros llegan corriendo a subirse. Los viejos vagones están vigilando cada movimiento, sirven de abrigo para alojar a los que nadie ve, será que pertenecen a la oscuridad de la ciudad y a la indiferencia que se apodera de las mentes…? La gente está con hambre, los niños en el comedor repiten varias veces la leche y el pan. La droga se los lleva, uno por mes. El centro de salud, cada vez con menos vacunas y los médicos por más que insisten los insumos básicos no llegan. Si me vieras posiblemente no me reconocerías, te lo puedo asegurar. Mis cabellos están blancos, me dejé de pintar las canas. He vuelto a trabajar más horas y mis ojeras se profundizan cada vez más, hay que llevar el pan a la mesa. Pero aún sigo pensando que es una gran victoria levantarme cada día y volver al ruedo. El tren ha llegado y ésta carta se quedará entre los rieles, porque no tiene destino, el viento te ha llevado y la soñadora también se fue.
AVG

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